Lo he decidido al reconocer entre los prisioneros al poeta que llegó a Madrid para eclipsarnos con sus metáforas imposibles y sus triunfos teatrales.
La guerra me ofrece ahora la oportunidad del desquite.
—¡Apunten!
Apenas tengo tiempo de pensar en lo absurdo de su vida: regresar de América para ser ajusticiado aquí como un perro.
—¡Fueeego!
Los prisioneros caen muertos. El poeta, también.
Me cuelgo el fusil al hombro y regreso a Granada deseando que a su poesía le suceda lo mismo que a su cadáver, que quede enterrada en el olvido.

Muy bueno, muy conciso, elegidas las palabras con mimo. Me gusta que digas muchas cosas sin nombrarlas. Y eso es un valor a tener en cuenta. No es fácil.
ResponderEliminarBravo, Antonio.
Quise contar una historia de odio y envidia en cien palabras. Eso me obligaba ineludiblemente a ser conciso. Me alegro que te haya gustado. Gracias.
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