lunes, 11 de mayo de 2026

Neo Málaga, 2126

                                

 




 

El futuro nunca es como imaginamos.

Todos dábamos por hecho que la contaminación provocaría la subida del nivel del mar, pero no que el Mediterráneo se secara como hace millones de años.

Se suponía que los libros en papel iban a desaparecer y aún se prestan en secreto; lo sé porque soy bibliotecaria en la clandestinidad.

Aquel sofocante abril de 2126 Neo Málaga sería sobrevolada por la última Feria Itinerante del Libro; cuando al concluir la primavera la humanidad se conectase a la red neuronal MindNet, el movimiento sería cosa del pasado. Durante siglos, modernidad y movilidad fueron inseparables; a partir de ese verano, la especie humana completaría su conexión para hacerlo todo virtualmente, sin moverse: trabajar, relacionarse, leer e incluso viajar.

Los neo malagueños sobrevivíamos en el suburbio erigido cien metros por debajo del antiguo nivel del Mediterráneo, en un llano de la plataforma marítima frente a la antigua Málaga; soñábamos mirando su perfil allí arriba, una muralla infranqueable de rascacielos que se aupaba sobre la planicie continental y las fortunas extranjeras.

Cada año yo esperaba la llegada de la Feria del Libro vigilando el profundo y seco valle marino. Protegía mi vista con gafas polarizadas. Más perjudicial que la luz solar directa, era su reflejo en el sedimento salobre, dejado por la evaporación del mar, que se extendía por toda la pendiente del Desierto Mediterráneo.

Subiendo desde el fondo del valle, escuché el estruendo de la infinidad de drones que mantenían en vuelo la colosal Feria del Libro, que llevaba décadas viajando por todo el planeta. Poco después vi la silueta de su inmensa estructura eclipsando el sol.

—Dale esto al viejo chiflado de los libros —pidió mi abuelo antes que el creciente ruido silenciase su voz.

Con el ejemplar en mi bolso, subí a la plataforma voladora en medio del vendaval que caía desde sus hélices. Pese a que las multinacionales editoras acaparaban la totalidad de la Feria, no me costó encontrar al anciano librero; bueno, en realidad él dio conmigo. Apareció conduciendo su patinete eléctrico.

—Sube a Patinante, hermosa dama.

En la aérea Feria del Libro era ya patente la proximidad del monopolio de MindNet; las calles estaban desiertas, la gente vivía conectada a la red neuronal que dejaba obsoletos el trabajo presencial, las interacciones sociales y las presentaciones holográficas de las novedades editoriales.

—No es difícil imaginar por qué esta es la última feria, ¿verdad? —dijo deteniéndose junto a un vehículo eléctrico en cuyo maletero guardó rápidamente el patinete—. Además, ha llegado la hora de jubilarme.

Subimos aprisa al coche, que como siempre olía a libro antiguo, y el piloto automático nos puso en marcha antes de que yo pudiera formular mi protesta.

—¿Qué haremos ahora tus lectoras, quienes vivimos en los suburbios?

—Encontraréis otro caballero andante a quien explotar, que ya tengo 90 años y 75 trabajados. Algo de pensión me darán, imagino.

—Tan viejo como mi abuelo y siempre quejándote.

Aunque se conocían de tiempo atrás, en casa nadie me habló de él y menos mi abuelo; si acaso, ambos me utilizaban para intercambiarse libros.

La operación de recoger a los otros tres lectores se produjo con rapidez gracias al asistente de conducción. Los policías de Tráfico no tenían coches para interceptarnos, operaban desde MindNet; tampoco podían rastrear nuestras ondas cerebrales mientras estuviésemos circulando.

El viejo de los libros se creyó en la obligación de explicar tanta urgencia.

—Con todos conectados a la red neuronal, trabajando, viajando o disfrutando del ocio virtualmente, el movimiento no solo es una prevención contra el rastreo a distancia, es también una forma de resistencia. Con los libros en papel ocurre lo mismo; pasar páginas se ha convertido en algo revolucionario.

Sacándolos de la guantera, nos ofreció cuatro ejemplares. El primero era de origen malagueño y tenía cinco siglos de antigüedad; se trataba de Vida del escudero Marcos de Obregón y se me adelantó un compañero de viaje. El segundo se publicó unos años antes en Sevilla: La Cristiada de Fray Diego de Hojeda; no pude elegirlo porque lo hizo la última persona en subir. Tampoco conseguí el tercero: El consuelo del Apocalipsis, primera parte de un ensayo de Svetlana Aleksiévich.

—Pero este último —dijo el anciano esgrimiendo en el aire un folleto— es el más pequeño, sólo doce páginas, y el más importante.

Pretendía despertar mi interés y, por deferencia a su entusiasmo, dejé de mirar por la ventanilla del coche.  

—Aquí Mary Titcomb narra la más grande hazaña de su vida: democratizar el acceso al préstamo bibliotecario. Léelo.

Descubrí con asombro que la incansable Titcomb empezó distribuyendo libros en tiendas y oficinas postales y terminó llevándolos hasta el último rincón del condado gracias a un carro tirado por caballos y luego a un camión repleto de ejemplares. En las fotos aparecían niños y mayores rodeando los vehículos, mostrando sonrientes los libros. Su ejemplo cundió en América y también en el mundo entero.

—Y dos siglos después de bibliotecas itinerantes, esta es la última Feria del Libro —recordó el librero al coincidir nuestras miradas.

Fue entonces cuando decidí trabajar en el préstamo clandestino de libros. Antes de ser la primera en bajar del coche, saqué del bolso el ejemplar de mi abuelo. El chiflado de los libros lo reconoció enseguida y se habría echado a llorar de no ser porque del Quijote cayó una nota manuscrita. Mientras se la devolvía, leí disimuladamente las palabras de mi abuelo.

Recuperé las gafas polarizadas para protegerme del cegador Desierto Mediterráneo que brillaba abajo y descendí dispuesta a ser bibliotecaria itinerante.

Me puse manos a la obra sin perder tiempo ya que los jóvenes estábamos condenados a la precariedad laboral en una Neo Málaga tan empobrecida y una metrópoli gentrificada. Ignoro, pues, si mi abuelo y el librero llegaron a verse Lo que sí recuerdo es aquella nota:

“De los Percheles de Málaga citados por Cervantes no quedan ni las raspas, tampoco sé cómo olvidamos lo nuestro, pero aquí te esperaré leyendo, tu Dulci Neo”.

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