El futuro nunca es
como imaginamos.
Todos dábamos por
hecho que la contaminación provocaría la subida del nivel del mar, pero no que el
Mediterráneo se secara como hace millones de años.
Se suponía que los
libros en papel iban a desaparecer y aún se prestan en secreto; lo sé porque soy bibliotecaria
en la clandestinidad.
Aquel sofocante
abril de 2126 Neo Málaga sería sobrevolada por la última Feria Itinerante del
Libro; cuando al concluir la primavera la humanidad se conectase a la red
neuronal MindNet, el movimiento sería cosa del pasado. Durante siglos,
modernidad y movilidad fueron inseparables; a partir de ese verano, la especie
humana completaría su conexión para hacerlo todo virtualmente, sin moverse:
trabajar, relacionarse, leer e incluso viajar.
Los neo malagueños
sobrevivíamos en el suburbio erigido cien
metros por debajo del antiguo nivel del Mediterráneo, en un llano de la plataforma
marítima frente a la antigua Málaga; soñábamos mirando su perfil allí arriba,
una muralla infranqueable de rascacielos que se aupaba sobre la planicie continental y las fortunas
extranjeras.
Cada año yo
esperaba la llegada de la Feria del Libro vigilando el profundo y seco valle
marino. Protegía mi vista con gafas polarizadas. Más perjudicial que la luz
solar directa, era su reflejo en el sedimento salobre, dejado por la
evaporación del mar, que se extendía por toda la pendiente del Desierto
Mediterráneo.
Subiendo desde el
fondo del valle, escuché el estruendo de la infinidad de drones que mantenían en vuelo
la colosal Feria del Libro, que llevaba décadas viajando por todo el planeta.
Poco después vi la silueta de su inmensa estructura eclipsando el sol.
—Dale esto al
viejo chiflado de los libros —pidió mi abuelo antes que el creciente ruido silenciase
su voz.
Con el ejemplar en
mi bolso, subí a la plataforma voladora en medio del vendaval que caía desde
sus hélices. Pese a que las multinacionales editoras acaparaban la totalidad de
la Feria, no me costó encontrar al anciano librero; bueno, en realidad él dio conmigo.
Apareció conduciendo su patinete eléctrico.
—Sube a Patinante,
hermosa dama.
En la aérea Feria
del Libro era ya patente la proximidad del monopolio de MindNet; las calles estaban
desiertas, la gente vivía conectada a la red neuronal que dejaba obsoletos el
trabajo presencial, las interacciones sociales y las presentaciones
holográficas de las novedades editoriales.
—No es difícil
imaginar por qué esta es la última feria, ¿verdad? —dijo deteniéndose junto a
un vehículo eléctrico en cuyo maletero guardó rápidamente el patinete—. Además,
ha llegado la hora de jubilarme.
Subimos aprisa al coche,
que como siempre olía a libro antiguo, y el piloto automático nos puso en
marcha antes de que yo pudiera formular mi protesta.
—¿Qué haremos
ahora tus lectoras, quienes vivimos en los suburbios?
—Encontraréis otro
caballero andante a quien explotar, que ya tengo 90 años y 75 trabajados. Algo
de pensión me darán, imagino.
—Tan viejo como mi
abuelo y siempre quejándote.
Aunque se conocían
de tiempo atrás, en casa nadie me habló de él y menos mi abuelo; si acaso, ambos me
utilizaban para intercambiarse libros.
La operación de
recoger a los otros tres lectores se produjo con rapidez gracias al asistente
de conducción. Los policías de Tráfico no tenían coches para interceptarnos,
operaban desde MindNet; tampoco podían rastrear nuestras ondas cerebrales
mientras estuviésemos circulando.
El viejo de los
libros se creyó en la obligación de explicar tanta urgencia.
—Con todos
conectados a la red neuronal, trabajando, viajando o disfrutando del ocio
virtualmente, el movimiento no solo es una prevención contra el rastreo a distancia, es también una forma
de resistencia. Con los libros en papel ocurre lo mismo; pasar páginas se ha
convertido en algo revolucionario.
Sacándolos de la
guantera, nos ofreció cuatro ejemplares. El primero era de origen malagueño y tenía
cinco siglos de antigüedad; se trataba de Vida del escudero Marcos de
Obregón y se me adelantó un compañero de viaje. El segundo se publicó unos
años antes en Sevilla: La Cristiada de Fray Diego de Hojeda; no pude
elegirlo porque lo hizo la última persona en subir. Tampoco conseguí el
tercero: El consuelo del Apocalipsis, primera parte de un ensayo de
Svetlana Aleksiévich.
—Pero este último —dijo
el anciano esgrimiendo en el aire un folleto— es el más pequeño, sólo doce páginas,
y el más importante.
Pretendía
despertar mi interés y, por deferencia a su entusiasmo, dejé de mirar por la
ventanilla del coche.
—Aquí Mary Titcomb
narra la más grande hazaña de su vida: democratizar el acceso al préstamo
bibliotecario. Léelo.
Descubrí con
asombro que la incansable Titcomb empezó distribuyendo libros en tiendas y
oficinas postales y terminó llevándolos hasta el último rincón del condado
gracias a un carro tirado por caballos y luego a un camión repleto de
ejemplares. En las fotos
aparecían niños y mayores rodeando los vehículos, mostrando sonrientes los
libros. Su ejemplo cundió en América y también en el mundo entero.
—Y dos siglos
después de bibliotecas itinerantes, esta es la última Feria del Libro —recordó el
librero al coincidir nuestras miradas.
Fue entonces
cuando decidí trabajar en el préstamo clandestino de libros. Antes de ser la primera en bajar del coche,
saqué del bolso el ejemplar de mi abuelo. El chiflado de los libros lo
reconoció enseguida y se habría echado a llorar de no ser porque del Quijote cayó una
nota manuscrita. Mientras se la devolvía, leí disimuladamente las
palabras de mi abuelo.
Recuperé las gafas
polarizadas para protegerme del cegador Desierto Mediterráneo
que brillaba abajo y descendí dispuesta a ser bibliotecaria itinerante.
Me puse manos a la
obra sin perder tiempo ya que los jóvenes estábamos condenados a la precariedad
laboral en una Neo Málaga tan empobrecida y una metrópoli gentrificada. Ignoro,
pues, si mi abuelo y el librero llegaron a verse Lo que sí recuerdo es aquella nota:
“De los Percheles
de Málaga citados por Cervantes no quedan ni las raspas, tampoco sé cómo
olvidamos lo nuestro, pero aquí te esperaré leyendo, tu Dulci Neo”.


